jueves, 26 de abril de 2012

LXXX edición del concurso de relatos

Tema:
Secretos
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Y aquí la clasificación final, relatos, autores y votos.:

Una caja de zapatos - Ernie = 9
Gomorra y Sodoma - Estrella Fugaz   = 8
40 florines - Oterocouto = 8
Connatural - LaSacra    = 7
El silbato de Argelers - Jaume Moreso   = 5
Agustín - Josep Piqueras = 5
Tres secretos - Zara X = 0
Damos la enhorabuena a Ernie y gracias a todos los demás por su participación y animación en el hilo de comentarios. 
Os invitamos a todos los que nos visitais a participar en este Concurso, seréis muy bien recibidos.
Y esto es todo.
Podéis leer todos los relatos en este lugar

Una caja de zapatos - Ernie

LXXX Edición del Concurso de Relatos
Tema: SECRETOS
Medalla de oro
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A Sandra le encantaba curiosear. Vivía con sus padres en una casa muy grande, llena de habitaciones con muchos armarios y cajones que explorar. A veces, se perdía en alguna de aquellas habitaciones y se pasaba las horas examinando los tesoros que en ella hallaba. Su madre, que lo sabía, cambiaba las cosas de sitio a menudo, mientras la niña estaba en el colegio, de modo que, cuando empezaba a buscar, nunca sabía qué iba a encontrarse.
Pero había algo que nunca se movía y que constituía uno de los mayores tesoros que Sandra había encontrado: una caja de zapatos llena de fotos y recortes de prensa en los que aparecía su madre, mucho más joven, cantando y posando como una estrella de ésas que sólo se veían en la televisión.
La primera vez que vio aquellas fotografías, Sandra pensó que no podía ser ella. Nunca cantaba y, cuando ella se lo pedía, siempre se excusaba diciendo que lo hacía muy mal. Estuvo a punto de preguntarle por qué le había mentido pero, de alguna manera, supo que era mejor callar.
Le encantaban aquellas fotos, las había mirado y revisado docenas de veces. Igual que los recortes de prensa, escritos en un idioma que no entendía, con los que fantaseaba imaginando que alababan su extraordinaria belleza y su gran voz. Después, un extraño desasosiego la invadía porque no entendía qué podía haber pasado para que se madre ya no fuese una gran artista ni quisiese explicarle nada.
Poco a poco, aquellas fotografías y aquellos artículos ininteligibles perdieron su magia y se convirtieron en algo que le dolía mirar.
- ¿Qué te pasa, cariño? –le preguntó su madre un día que la vio más triste de lo habitual.
- Nada –farfulló ella con desgana.
- Estás triste. ¿Qué te preocupa?
- Nada…
- ¿Ya no quieres explicarme las cosas?
- ¡No! –gritó, enfadada.
- ¡Sandra! –exclamó su madre- ¿Se puede saber qué te pasa?
- ¿Por qué tendría que decírtelo? ¡Tú no me explicas nada!
- ¡Sandra, sabes que eso no es cierto!
- ¡No! ¡No me explicas nada, ni de cuando eras cantante y sabías cantar! ¡Siempre dices que no sabes pero no es verdad! ¡Sí que sabes! ¡Yo he visto las fotos y eras famosa y muy guapa! ¿Por qué no quieres cantarme? ¿Por qué?
- ¡Sandra! –la niña enmudeció ante el tono cortante de su madre-. ¿Has estado revolviendo mis cosas?
- Yo…
- ¡No quiero que revuelvas mis cosas!
- Pero…
- ¡No hay peros que valgan! ¡A tu cuarto!
La pequeña se quedó petrificada ante la terrible expresión que vio en el rostro de su madre.
- ¡A tu cuarto! ¡AHORA! –le repitió, chillando, como si no soportase su presencia.
Dando un respingo, Sandra salió corriendo y se encerró en su habitación dando un portazo. Se lanzó sobre su cama y empezó a llorar.
Nunca había visto a su madre tan enfadada, nunca le había gritado de aquella manera, ni siquiera cuando metió su muñeca en el microondas para que se secase y éste empezó a echar chispas. ¿Por qué se había puesto así? No eran más que unas fotos. ¡Y tan sólo las había mirado, ni siquiera las había manchado!
Con aquellos pensamientos, la niña se quedó dormida.
Soñó que su madre era una famosa artista que siempre la encerraba cuando tenía que cantar porque no quería que la niña la escuchase y, por mucho que ésta le suplicaba, su madre siempre se negaba y, gritándole, la encerraba en la habitación más apartada de la casa para que no pudiese oír nada. Y Sandra chillaba y pataleaba pero nadie venía a buscarla.
“Sandra”.
Alguien la llamaba.
“Sandra”.
Quiso hablar, decir dónde estaba para que viniesen a rescatarla pero no podía hablar.
- Sandra.
¡Se había quedado sin voz!
- Sandra –volvió a murmurar su madre, sacudiéndola ligeramente-. Despierta.
Sandra abrió los ojos. Su madre la miraba. Ya no parecía enfadada, más bien parecía triste.
La niña se sentó en la cama, abrazándose las piernas.
- Siento haberte gritado –dijo su madre-. No debería haberlo hecho.
- Siento haber fisgoneado en tus cosas –dijo ella, al cabo de unos segundos.
- No pasa nada, cariño –respondió, acariciándole los cabellos-. Pero no quiero que vuelvas a hacerlo. ¿De acuerdo?
Sandra asintió.
- Mamá.
- Dime.
- ¿Las fotos? ¿Y los recortes? Eres tú, ¿verdad?
- Sí, cariño, soy yo.
- ¿Y por qué no…?
La pregunta quedó en el aire.
La madre de la pequeña suspiró.
- Fue hace mucho tiempo –respondió, al fin-. Antes de que tú nacieras yo era una joven promesa en mi país.
- ¿Hacías conciertos?
- Sí.
- ¿Y grababas discos?
- Un par, sí.
- ¿Y tenías fans?
Su madre sonrió y asintió con la cabeza.
- ¡Vaya! ¿Y qué paso?
- Conocí a tu padre, nos casamos… y llegaste tú.
- ¿Dejaste de cantar por… mí?
- No, cariño, por ti no. Mi vida cambió, tenía otros objetivos, otras metas. Lo más importante era mi familia, mi niña. No quería separarme de vosotros.
Sandra miraba a su madre con atención. En la penumbra no podía distinguir bien sus rasgos pero su voz sonaba cansada, triste.
- Pero, mamá, ahora… podrías volver a hacerlo. Volver a cantar.
Su madre suspiró.
- Aquello pasó, cariño. Hay cosas que no pueden revivirse, por mucho que uno quiera.
Su figura pareció empequeñecer, encogerse. Sandra tuvo miedo de que fuese a desvanecerse. Como un resorte, se lanzó en sus brazos, con un nudo en la garganta.
- Lo siento –balbuceó.
- ¿Qué sientes, cariño?
- Que no puedas cantar… por mi culpa.
- No, mi vida, no es culpa tuya, no es culpa de nadie. La vida es así, a veces tienes que escoger y ¿sabes?, no me arrepiento.
- ¿No?
- No.
La estrechó en sus brazos y apretó su cabeza contra su cuello.
- Mamá –dijo la niña, tras unos segundos.
- Dime.
- ¿Me cantarás una canción?
Su madre rió.
- Sí, cariño –respondió. Y empezó a cantar una vieja canción de cuna.
Sandra notó cómo se le erizaba el vello de la nuca mientras la nana penetraba en su cerebro como un bálsamo. Con la cálida voz de su madre en los oídos, se quedó dormida.
La madre de Sandra la metió en la cama y cerró la puerta tras de sí, sin hacer ruido.
Se fue a su habitación y cogió la caja de zapatos. Se sirvió una copa y, con un suspiro tembloroso, la abrió y empezó a curiosear en su interior. Hacía casi diez años que no se asomaba a aquella ventana de su pasado. Las fotos le mostraban a una muchacha más luminosa, menos arrugada y gris, más llena de vida, de sueños, con un gran futuro, excitante y prometedor. Sin darse cuenta, estaba tarareando las canciones que habían de hacerla famosa, letras infantiles cargadas de inocencia y optimismo. Hasta que un nudo le atenazó la garganta y sintió que le faltaba el aire. Guardó apresuradamente las viejas fotografías y recortes en la caja y los lanzó al fondo del armario. Se fue al lavabo y se refrescó la cara y el cuello. El espejo le devolvía su rostro fatigado, sus ojos sin brillo. De pronto, las paredes parecieron más juntas, el techo, más cerca. Se tiró al suelo echa un ovillo sintiendo que no podía respirar, que si no salía de aquel cuarto menguante, éste se la tragaría, pero incapaz de mover ni un músculo de su agarrotado cuerpo. Un gemido casi animal emergió de su pecho y el pánico y el dolor fueron anegados por un torrente de lágrimas que parecía no tener fin.
Entrada la madrugada, se arrastró hacia su cama y se derrumbó sobre ella. Dentro de pocas horas, pensó mientras miraba de reojo el despertador, vendría Sandra con su cháchara incesante, con su energía inagotable. Aunque sintió un cierto desasosiego sólo de pensarlo, no pudo evitar dormirse con una pequeña sonrisa en los labios.

Gomorra y Sodoma - Estrellafugaz

LXXX Edición del Concurso de Relatos
Tema: SECRETOS
Medalla de plata
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 Un invierno hacia 1870. El primero tras la muerte de su suegro. Por eso, para hacerle compañía, su suegra les ha invitado a pasar la Navidad en aquella vieja casona solariega.
El viaje en tren de toda la familia, él, su mujer, sus dos niños gemelos y aquel gato de Angora muerto poco después. El viejo jardinero les espera en la estación con el landó y, cargado el baúl, llegan a la casa tras media hora sorteando barrizales.
Al llegar, besos y abrazos. Después, su mujer le pide que, para que no estorben, se lleve a los niños mientras ella, con la doncella, vacía el baúl y distribuye la ropa por los armarios. Pero los niños ya se han perdido por alguna escalera y se oyen sus voces por la planta superior. Decide salir al jardín que da a la parte posterior.
Se sienta en un banco de la glorieta. La fuente con su Cupido está seca pero no así todas las palabras de amor que Ana y él se dijeron allí aquel verano en que acudió a pedir su mano. De pronto, los dos niños, que vienen corriendo, le sacan de su ensueño:
-Papá, papá, hemos descubierto una habitación secreta.
-Sí, ven y verás.
Cruzan el jardín y suben escaleras arriba hasta la última planta. El gato se les añade. Un pasillo de luz escasa con puertas a un lado equidistantes unas de otras. Nunca había subido allí pero sabe que son las habitaciones del servicio o cuartos a donde van a parar cachivaches que nunca más servirán. Casi al final los niños se paran:
-Es aquí.
Y señalan a la pared. Efectivamente, no hace falta medir las distancias entre las puertas para ver que falta una. O que había una que ha sido tapiada. El gato se sitúa enfrente y se sienta sobre sus patas traseras. Quieren comprobar si las habitaciones de ambos lados son más amplias y ocupan el espacio que ocuparía la habitación que falta pero, cuando intentan abrir las puertas, ven que están cerradas. Los niños no creen la explicación que les da su padre:
-Seguramente ahí nunca ha habido una puerta y las dos habitaciones de los lados son mayores que las demás.
Recorren el pasillo a la inversa para volver abajo y, ya en la escalera, se dan cuenta de que el gato sigue inmóvil donde estaba. Lo llaman tres veces hasta que acude.

Ana ha vaciado ya el baúl y está en la cocina. Él oye como su mujer y su suegra discuten sobre si, para la comida de Navidad, vale la pena abrir el gran salón, cerrado, con otras zonas nobles de la casa, desde la muerte de su suegro. Su mujer quiere ver la casa en todo su esplendor mientras su suegra alega el trabajo para adecentar el salón. Los niños entran corriendo:
-Abuela, abuela, hemos descubierto una habitación secreta.
-Los niños se callan cuando los mayores están hablando.
Él nunca ha entrado en la cocina. Sería como hollar un espacio en el que sólo las manos femeninas dan sentido a las cosas. Y como se acerca la hora de comer va hacia la alcoba a cambiarse. El gato tampoco entra en la cocina con los niños porque sabe que allí está el otro gato, el titular de la casa. Decide acompañarle a la alcoba y acaba sobre el edredón. Él se cambia y observa cómo Ana ha dispuesto todo ordenadamente y le ha dejado sobre la mesita de noche su Biblia. Cuando va a salir de la alcoba ve que el gato vuelve a estar sentado sobre sus patas traseras y con la vista fija en el techo. Él mira hacia allí y no ve nada, ni una telaraña, ni un pequeño insecto. ¿Qué estará mirando el gato?

Han cenado ya, han acostado a los niños, que no querían dormir sin el gato, y ahora él está en un sillón frente a la chimenea del comedor dispuesto a leer. Al otro extremo su mujer habla con su suegra, que al fin acepta abrir el salón para la comida navideña.
    Cuando, tiempo atrás, se propuso leer la Biblia fue por curiosidad, no por devoción. Es más, de lo que ha leído, y ya va muy avanzado, poco ha encontrado de edificante: ¿o es que la matanza de los primogénitos de Egipto lleva a algún lado?, ¿y el diluvio? Sin embargo, de esos episodios de destrucción el que mayor interés le despierta es el de Sodoma y Gomorra o, mejor, el caso de Gomorra. Por él no había abandonado la lectura y seguía intentando saber más.
    Apenas abre el libro por donde lo había dejado irrumpen, descalzos, los dos niños:
    -¡Papá, mamá, hemos oído un fantasma!
    Él ríe:
-¿Cómo sabéis que es un fantasma?
-Hemos oído ruidos extraños por arriba. Seguro, es un fantasma.
-Serían las criadas acostándose. Además, en todas las casas antiguas se oyen ruidos: el viento moviendo las tejas, cañizos crujiendo…
-El gato también los ha oído y se ha quedado quieto mirando hacia el sitio de donde venían.
Su mujer se levanta, coge de la mano a los niños y vuelve a acostarlos. Él empieza a leer por el libro de las Lamentaciones con todas las desgracias que caen sobre Jerusalén, otra ciudad castigada por su impiedad, como Sodoma y Gomorra... ¿Cómo Gomorra? Él no lo sabe exactamente y es lo que trata de averiguar recorriendo la Biblia en busca de alguna referencia al pecado de Gomorra.
Media hora después Ana vuelve, le dice que los niños duermen profundamente y le propone acostarse ya. Mientras se desnudan ella sugiere que, si amanece despejado, pueden ir al cementerio a visitar la tumba de su padre. Se mete en la cama y ella le abraza. Aún está dando vueltas a la destrucción de tantas ciudades cuando cree percibir sonidos en el piso superior. Aguza el oído y sí, un ruido rítmico, diríase el de una mecedora balanceándose. Y parece venir de la habitación tapiada. Sin preocuparse más, acaba por dormirse imaginando al gato, en la alcoba de los niños, mirando fijamente al techo.

A media mañana han salido camino al cementerio. Entran en el panteón familiar y Ana cambia el agua de los jarritos con flores mientras él lee las inscripciones de las lápidas. Ahí están su suegro y otros dos hermanos suyos muertos; dos hermanas, también fallecidas, reposan seguramente con las familias de sus maridos. Sin embargo, ¿dónde está el tío Sebastián?
    Él sabía de la familia de su mujer sobre todo por las cartas que ésta recibía regularmente de sus padres y, últimamente, de su madre. Ana se las leía y él se ponía al día de fallecimientos, matrimonios o nacimientos. Pero no recordaba haber oído que el tío Sebastián muriera. Es más, no recordaba haber oído nada de él desde hacía bastante tiempo.
El tío Sebastián, el hermano más joven, y soltero, de su suegro, había sido militar de carrera, de caballería, y había pasado la mayor parte de su vida destinado en la capital y frecuentando salones y teatros. Alguna aventura galante había tenido, pero poco más allá. Cuando él lo conoció, con motivo de la pedida de mano de Ana, vivía ahí en la casa familiar: una caída del caballo lo había dejado impedido y pasaba los días dormitando en la mecedora frente a la chimenea del salón.
Ninguna lápida contiene su nombre pero él no pregunta. Por miedo de que Ana conteste que ya le había contado esto o aquello pero lo que ocurre es que él no presta suficiente atención. O no pregunta porque, simplemente, no le interesa.
Vuelven a casa y, al entrar en la alcoba, se encuentran a los dos gatos, el suyo y el de su suegra, mirando fijamente al techo.

Por fin Navidad. Entran al salón, que ha quedado deslumbrante. Se sienta junto a Ana lleno de entusiasmo bien porque se lo han contagiado los niños bien porque el día anterior había encontrado otra cita de Sodoma en el libro de Ezequiel donde se decía que había sido castigada por abominación. Ya sabía él qué abominación era: en el Génesis dos ángeles en forma humana llegan a la casa de Lot y los habitantes de la ciudad los reclaman; Lot ofrece a sus hijas pero ellos quieren a los hombres. Sodomía. Yahveh castiga a Jerusalén por impiedad y a Sodoma por el pecado nefando pero, como sospechaba, tras el Génesis no ha encontrado ninguna alusión posterior a Gomorra. ¿Por qué, pues, fue castigada?
    Se sientan a la mesa y recuerda la primera vez que se sentó, el día de la petición de mano. Mientras la criada sirve mira el cuadro de enfrente: ¿es o no el mismo de aquel día? Entonces era un cuadro con esa misma mesa a lo ancho y los abuelos paternos de Ana sentados; a ambos lados, de pie, sus seis hijos simétricamente repartidos. Recuerda perfectamente que estaba el tío Sebastián con su uniforme y su sable. Ahora en ese mismo cuadro el tío Sebastián ya no está y el pintor que lo habrá retocado ha sustituido su espacio con un gato, sin duda antepasado del de la casa, sentado sobre sus patas traseras.
Apura una copa de vino mientras se fija en que la mecedora del tío Sebastián frente a la chimenea tampoco está. ¿Por qué borrar todo vestigio de él? Ni su imagen en el cuadro, ni su lápida en el cementerio en el caso de que esté muerto… ¿Qué extraño secreto hay detrás?, ¿guardará relación con la habitación tapiada?, ¿lo emparedarían allí vivo o muerto y será cierto lo del fantasma?, ¿será ese fantasma lo que los gatos ven a través del techo?, ¿será el vaivén de su mecedora el ruido que se oye por las noches?
¿Qué extraño secreto familiar encierra esa casa? Da igual, piensa, mientras bebe otra vez. Porque el único secreto que le interesa es ese que guarda la Biblia y, con ella, la historia entera, el de Gomorra. ¿Qué harían sus habitantes para merecer la lluvia de azufre y fuego?, ¿sería un pecado aún más nefando que el de Sodoma y de ahí ese secreto que pereció con la propia ciudad y nunca será desvelado?

40 Florines - Oterocouto

LXXX Edición del Concurso de Relatos
Tema: SECRETOS
Medalla de bronce
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Podéis leer este relato entrando en este enlace





                                                                                                                                                           
















LXXIX Edición del Concurso de Relatos

Tema:
El Teatro
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Hasta aquí llega lo que ha sucedido en la LXXIX Edición, una vez más nuestros escritores han trabajado de lo lindo para ofrecernos estos hermosos relatos.

Gracias a todos, los que escribís y los que nos leéis y votáis fielmente. Sin vosotros el concurso desaparecería seguramente.

Las cosas fueron así esta vez:

 Puro teatro (ElCubo) =11
Doble asesinato en la morgue (MariaClara)  =8
Experimental (Ernie)  =7
Sueños entre bambalinas (Oterocouto) =6
El fantasma (Raitann)  =4
El ritual sardónico (Jaumemoreso)  =3
¡Soy un triste juguete del destino! (Zara_X)  = 3 (-3 = 0)

Bueno, esto es todo amigos, os animo a leer todos los relatos. Los encontraréis aquí. 

Hasta la próxima quincena.




Puro teatro - David El Cubo

LXXIX Edición del Concurso de Relatos
Tema: El Teatro
Medalla de oro
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Cantaba Olga Guillot que rara vez las cosas son como parecen.


El primer acto de la farsa en que se convirtió la resolución de aquel caso comenzó al tiempo que la resaca posterior a la celebración de mi divorcio. El timbre no cesaba de torturarme y el estridente sonido era acompañado por repetitivos y arrítmicos golpes en la puerta. Me levanté y recorrí zigzagueando el angosto pasillo que me separaba de la entrada, pues mi curiosidad sobre la identidad del autor del escándalo era sólo comparable a mis deseos de silencio.


El muchacho tenía planta de bibliotecario adicto a los juegos de rol; de esos que de niño se habría llevado más de una colleja en las filas hacia clase. Chaleco de rombos, camisa rosa y zapatos a la moda (la del año del mundial de Naranjito). Mientras mis retinas aceptaban la imagen que llegaba hasta ellas, me serví un reparador café tamaño XXL y escuché su historia, a fin de cuentas ya estaba despierto y no tenía otra cosa mejor que hacer. Un nombre y una dirección bastaron para ponerme en marcha; y aquella desagradable sensación en mi estómago, que poco tenía que ver con el alcohol ingerido la noche anterior.

La desangelada nave donde debía tener lugar mi cita, en un polígono industrial a las afueras de la ciudad, resultaba un lugar ideal para deshacerse de alguien, por eso no me sorprendí al observar el contenido de la cámara frigorífica que hallé en uno de sus rincones. El segundo muerto del caso en apenas dos horas. En aquel momento no albergaba ninguna esperanza de concluir con éxito la investigación, pues se encontraba tan fría como podía estarlo mi confidente. Sólo un golpe de suerte...

El fulano había recibido alguna que otra caricia antes de pasar a mejor vida: le habían roto los dedos de la mano derecha y su cara estaba más abollada que el paragolpes de mi coche. Me dirigí hacia a un cuarto de grandes ventanales y accedí a él sin dificultad pues la cerradura había sido forzada. El despacho estaba patas arriba y el teléfono, bajo unas carpetas, tirado en el suelo. Saqué un pañuelo del bolsillo y, con él a modo de guante, descolgué el auricular para hacer una llamada. A los pocos minutos, dos turismos de color oscuro aparcaron frente a la pesada puerta metálica que daba acceso a la nave bloqueando la salida. Me oculté tras una columna y eche mano al interior de mi chaqueta. Dos tipos emergieron de uno de los vehículos y charlaron amistosamente con un tercero, más orondo y con pinta de sheriff de película de serie “B”, que había descendido del otro. Decidí guardar la pipa y salir a su encuentro.

-¡Hombre, García! Tranquilos, muchachos, es de fiar –dijo el gordito a sus acompañantes.

El subinspector Aranda, oficial Aranda cuando nos conocimos hace tiempo, había ganado kilos al mismo ritmo que perdió el cabello. Por aquel entonces ya le llamábamos Esteban “el abubilla”. El mote se lo puso el comisario. Buen tipo, el jefe, de los pocos que intentó ayudarme cuando me expulsaron del cuerpo.

-¿Has llamado tú, supongo?

-Tu sagacidad no ha empeorado con los años –le espeté en tono burlón.

Los oficiales que acompañaban al subinspector rieron indisimuladamente y “el abubilla” se giró hacia ellos con gesto desafiante. Las risas cesaron.

-Así que era verdad lo que había oído de que seguías en el negocio...

-Algún trabajo sale de vez en cuando.

-Y bien, ¿qué tenemos?

-Un fiambre. Parece que buscaban algo por cómo ha quedado la oficina. El cadáver está en la cámara frigorífica del rincón. Si queréis echarle un vistazo...

Uno de los acompañantes del subinspector se dirigió hacia allí.

-¿Has tocado algo?

-No.

Aranda porfió con la mirada.

-¿Qué buscaban?

-¿Qué se yo? –respondí.

-Has dicho que no han encontrado «lo que buscaban». ¿Lo has encontrado tú?

Sonreí mientras se atusaba celosamente el penacho de pelos eréctiles que sobrevivían en su calva.

-¿Crees que he tenido algo que ver?

-Tal vez... Recuerdo que hace años tenías la mano bastante suelta.

-Sabes que lo de los punkis en la manifestación fue un ligero “malentendido”. Salí absuelto de aquel juicio.

-Ya, pero la paliza que le diste al chulo de la aquella puta fue diferente. Recuerda que estaba allí contigo cuando sucedió todo. Siempre te gustó defender “causas perdidas”...

-Ya. A ti no -le recriminé.

El oficial que husmeaba junto a la cámara frigorífica regresó junto a nosotros. Salvo por la diferencia de estatura, los dos acompañantes de Aranda parecían gemelos: el mismo sastre, el mismo rictus serio… Uno de ellos, el más alto, se dirigió a mí libreta en mano.

-¿Conocías al fiambre o es que sólo pasabas por aquí?

-Le llamaban “El ruso”, aunque era argentino, creo. Tenía un apellido raro... Warshoski…, o algo así. Alguien me sugirió que podría informarme sobre ciertos detalles del caso que estoy investigando.

-¿Alguien?

-Mi cliente.

-¿Y qué investigas? -preguntó de nuevo sin levantar la vista de su bloc.

-El asesinato de un tendero –respondí.

Alzo la vista después de un breve silencio.

-Y no crees que el asunto te queda un poco grande. ¿Por qué no lo dejas en manos de “profesionales”? –replicó el pequeño de “los Dalton”. Sus palabras provocaron en mi estómago la misma náusea que sentí en mi apartamento.

-Porque la policía ha dejado de buscar a los culpables.

-Explícate, García -solicitó el subinspector Aranda mesándose el tupé.

-Vino a verme un chaval de unos veinte o veintipocos años. Me soltó un sobre con dinero y me pidió que acudiera a una cita en la que obtendría información para resolver el asesinato de su padre. Le dije que hablara con la policía, pero se negó en rotundo. Me dijo que fueron unos maderos quiénes le habían matado. Habían estado extorsionando a su padre durante años hasta que, unos meses atrás, tuvo que dejar de pagarles. El negocio no iba bien y no podía permitírselo, así que se plantó y les hizo frente. Simularon un robo y le dieron matarile.

-¿Y qué tiene que ver ese asunto con el muerto? –preguntó el canijo.

-El chaval le había visto varias veces en la tienda y en otras colindantes. Le resultó extraño verle salir siempre sin ninguna compra en la mano.

-Vale. El muerto era el cobrador, ¿y qué más? –volvió a interesarse Aranda.

-Pues que le gustaba gastarse los ahorros jugando al póker; tenía deudas y el muchacho se ofreció a saldarlas a cambio de cierta información. El chico traspasó el negocio y me entregó todo el dinero que había obtenido con la venta. Yo tenía que entregarle la pasta a Warshoski.

El largo cerró su libreta y la guardó en el interior de su chaqueta.

-Veamos lo que tenemos hasta ahora: un sospechoso de asesinato al que han dado boleto y un ex-policía con pasado justiciero que casualmente ha encontrado el cadáver. Tal vez a ese detective se le fue la mano a la hora de buscar respuestas.

-Estadísticamente, el que encuentra el muerto suele ser el culpable en un elevado número de ocasiones -añadió el canijo.

-Interesante teoría, ¿qué dices a eso, García? -preguntó “el abubilla”.

-“El ruso” no tenía suficiente cerebro para llevar la manija de un negocio del calado del que estamos hablando. Además, la policía le habría metido en el talego tarde o temprano si no hubiera tenido protección. Tal vez algún soplo puso en guardia a sus “jefes”, le hicieron una visita y decidieron eliminarlo antes de que se fuera de la lengua.

-Me gusta más la teoría del culpable que simula encontrar el cadáver -me reprobó Aranda.

-Sí, es más probable -le apoyó el canijo.

-Estadísticamente... -convino el largo.

-¿Y qué hay de aquello de que «el culpable siempre vuelve al lugar del crimen»? -expuse.

Todos rieron al unísono y las carcajadas retumbaron por las paredes de la nave.

-Sí, ¿por qué no? -añadí-. Si yo fuera un poli corrupto y acabara de cometer un asesinato habría aguardado a que llegara la policía para unirme a la investigación. ¿Qué mejor forma para tenerlo todo controlado.

-¿Y por qué no huir simplemente? -sugirió el canijo.

-Tal vez querían colgarle el muerto al primero que pasara por aquí.

-¿Estás sugiriendo que alguno de nosotros se ha cargado al tal Warshoski? Es una lástima que se te adelantaran y no puedas probarlo. -dijo “el abubilla”.

-Tal vez sí pude hablar con “el ruso”, a pesar de todo. Agonizante, y en venganza contra sus asesinos, pudo darme la información prometida: los números de sus placas.

Tras unos instantes de pausa, el canijo recuperó el habla.

-¡Será mejor que pienses con calma lo próximo que salga de tu boca! Estás haciendo acusaciones muy peligrosas.

-No tenemos nada que ocultar -dijo “el abubilla”-. Por lo que a mí respecta, acudí al aviso que escuché por radio.

-Igual que nosotros -corroboró el más alto de “los Dalton”.

-Es curioso..., porque yo sólo recuerdo haber marcado el número de teléfono de un antiguo ex compañero al que hacía mucho tiempo que no veía. Si hubiera llamado a la central, ¿no deberían haber llegado ya el juez y los de la científica, Esteban?

“Los Dalton” se miraron entre sí y, como accionados por un resorte, sacaron sus armas de la funda. Dos disparos atronaron en la desangelada nave y dos cuerpos sin vida se desplomaron sobre el frío cemento.

Esteban sacó un paquete de tabaco de su americana y encendió un pitillo.

-La próxima vez que me llames espero que sea para invitarme al próximo aniversario de tu divorcio y no para meterme en uno de tus líos.

-¡Ey! Yo no tengo la culpa de que estuvieras anoche de servicio...

-Me debes una -replicó Esteban haciendo oídos sordos a lo que yo había dicho-. Por cierto, ¿cómo supiste a quién disparar?

-Supuse que te resultaría más sencillo cargarte al de tu derecha.

-Claro, porque soy zurdo…

-No. Recordé lo mal tirador que eras... y el alto tenía más cuerpo donde acertar -ambos reímos con ganas.


Doble asesinato en la Morgue - María Clara

LXXIX Edición del Concurso de Relatos
Tema: El Teatro
Medalla de plata
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— ¡Sencillamente es imposible matar lo que ya está muerto!
—Pues alguien lo ha hecho… Y ahora sólo nos queda preguntarnos, ¿por qué?—afirmó el inspector de Scotland Yard, Wilson Smith.
—Me está diciendo que alguien ha entrado en la morgue para…
—Lo único que afirmo, es que dos personas han entrado esta noche aquí, y han vuelto a matar lo que ya mataron antes. 
— ¡Eso es una ridiculez!—exclamó su regordete ayudante, mirando con aprensión el cadáver que yacía tapado con una sabana blanca.
—Opinó lo mismo; pero, ahora, lo único que tenemos que hacer es tratar de reconstruir las últimas horas de nuestro actor para saber quién y porqué lo mataron—dijo el inspector—. Veamos, ¿qué fue lo último que hizo?
—Actuó en el teatro, interpretando, como viene haciendo cada noche desde hace meses, el papel del joven Wagner.
—Y la función, ¿terminó?
—Dicen que se montó un revuelo entre el público durante el monologo.
—Interesante—murmuró el inspector—. Y, ese revuelo, ¿por qué fue?
— ¿No lo ha leído? ¡Sale en la primera plana del periódico!
El inspector cogió el periódico que, curiosamente, llevaba doblemente doblado en el interior del bolsillo de la gabardina y, tras desplegarlo, leyó el titular de ese día—: Escándalo en el teatro Acrópolis, unos cuantos asistentes abuchean durante el monologo al actor, tachándolo de monstruo. 
Su ayudante volvió a mirar al difunto y un escalofrío recorrió su espalda, ¿era necesario permanecer más tiempo ahí, en la morgue? 
—Supongo que la fama que le otorgó el papel de Wagner, fue quien realmente lo mató—Aseveró el inspector mientras volvía a doblar el periódico, y lo aguardaba otra vez en el bolsillo de la gabardina. 
—No lo entiendo…
—Nuestro actor, sumido en el éxito, llegó a creer que era Wagner y como tal actuaba...
—Pero, ¿por eso lo mataron?
—Por eso y por el miedo que llegó a generar—explicó el inspector mientras levantaba la sabana y miraba el cadáver, blanco como la nieve—. Para encontrar al culpable, o a los culpables de su muerte, sólo tenemos que saber quiénes protagonizaron el escándalo durante el monologo.
—Por favor, puede…—le pidió su ayudante, tratando de no mirar al muerto. El inspector volvió a dejar la sabana sobre el inerte cuerpo—. Sigo sin comprender…
El inspector lo miró, suspiró y se dirigió hacía la puerta pero antes de abrirla, le dijo:
—Es muy fácil. Como ya he dicho antes, nuestro joven actor, ofuscado por el éxito, llegó un momento en que creyó ser Wagner. Recuerda que muchos periódicos así lo afirmaban. Decían que nadie podía interpretar tan bien ese papel sin entender realmente al personaje. Pero también es cierto que esto le causo un grave perjuicio. Algunos de sus seguidores dejaron de verlo como un actor y empezaron a observarlo con miedo—y antes de que su ayudante pudiera replicar, añadió—: Debes de comprender que para ellos era real lo que veían. El actor había desaparecido y en cambio había surgido una criatura que sólo existía en las pesadillas y en los libros; así que debían de darle muerte…
—Es una pena…—susurró el ayudante, deseando salir rápido de ese lugar—. Una gran pérdida para el teatro.
—Así es—corroboró el inspector—. Ahora, sólo debemos de mirar la fotografía del periódico, que si no me equivoco, fue tomada durante el escándalo que se montó durante el monologo y encontraremos a los culpables.
—Debo confesarle que fui a ver esa representación en más de una ocasión—le dijo su ayudante—, y que la parte que más me gustaba era la del monologo. Hasta llegue a aprenderme un trozo de él:  

“¡Ay, libélulas!, espíritus errantes que os posáis sobre las mansas y cristalinas aguas que rodean a mi propiedad, y desde la cual, yo puedo veros. ¿Dónde estáis en estos momentos, en la que la aflicción me sobrepasa? Aquí estoy, en el cementerio que tanto he visitado en vida y en donde he de vivir lo que me queda de muerto, si es que uno estando muerto, vive…
No puedo dejar de observar la tierra que ha cubierto mi ataúd, ahora vació. Recuerdo la sensación de calidez con que me tapaba, confiriendo a mi cuerpo la nostalgia de la tierra que me vio nacer, y en cambio, me dio la muerte en vida.”
—Vamos…—le dijo el inspector con una sonrisa, mientras abría la puerta—, aún tenemos trabajo.
— ¿Qué, qué ha pasado?—preguntó una sorprendida voz a sus espaldas. 
El inspector y su ayudante se giraron para ver cómo la sabana parecía cobrar vida.  
— ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?—volvió a decir la misma voz.
—Se encuentra en la morgue—murmuró el inspector sin salir de su asombró, mientras que su ayudante, mudo por el susto, no dejaba de temblar. 
— ¿En la morgue?—el cuerpo que yacía en la fría mesa metálica se incorporó, y la sabana acabó por resbalar mostrando un cuerpo perfecto, sin ninguna herida—. ¿Por qué estoy aquí?
—Creo que lo han matado…
— ¿Otra vez?
—Y no creo que sea la última vez…

Experimental - Ernie

LXXIX Edición del Concurso de Relatos
Tema: El Teatro
Medalla de bronce  ____________________________________________________________________________________





Un chasquido. Una tenue llama enciende un cigarrillo que brilla en la oscuridad.
- No deberíais estar aquí –espeta su dueño con voz queda. El público, apenas una veintena de personas repartidas en pequeñas mesas, aguarda inquieta.
Tras cinco o seis largas caladas, la pequeña luciérnaga se estrella contra el suelo donde es aplastada.
El hombre avanza el rostro hasta que sus facciones interceptan un haz de luz que emerge del suelo.
- No deberíais estar aquí –advierte de nuevo.
La luz se apaga con un fuerte golpe.
Poco a poco, las tinieblas se disuelven dibujando el contorno impreciso de una silla de madera en el centro del escenario vacío, vestido únicamente con un fondo negro.
Un hombre cubierto de harapos arrastra trabajosamente sus pies de un extremo al otro. Al llegar a su destino, da un trago de la botella que sostiene en la mano y, entre reniegos y bufidos, se estira en el suelo, de espaldas al público.
Al poco, aparece otro hombre enfundado en un mono de trabajo que, con paso firme, toma asiento en la solitaria silla. Extrae un enorme bocadillo de una maleta que ha dejado a su lado y, sin ceremonia alguna, le proporciona una gran dentellada que le hace masticar trabajosamente. Al acabar, gira la cabeza y escupe el contenido de su boca sobre el harapiento. Vuelve a morder el bocadillo, mastica de nuevo y escupe otra vez. Pronto, una capa de pan y carne triturados cubre al hombre que permanece inmóvil en el suelo.
Al finalizar, el comensal saca un paño de la maleta y, tras limpiarse la boca y las manos, vuelve a guardarlo. Se levanta, se dirige hacia el pordiosero y, sin mediar palabra, coge la botella y le da un largo trago, reservándose la última parte con la que se enjuaga la boca ruidosamente. Al acabar, escupe el líquido sobre el hombre que continúa tumbado y se marcha.
Tras unos segundos, las luces se apagan y la sala vuelve a quedar en penumbra.
Poco a poco, va apareciendo la figura arrodillada de un hombre, los brazos caídos a los lados del cuerpo. Lleva un gran capirote calado hasta la nariz como única prenda.
Unos tacones resuenan en la sala, precediendo a una mujer que atraviesa el escenario con paso decidido. Justo antes de abandonarlo se detiene, como si acabase de recordar algo. Abre su bolso y con gesto altivo arroja algo hacia el hombre y desaparece rápidamente. El pequeño objeto tintinea en el suelo unos segundos. El arrodillado permanece inmóvil.
Al poco, aparece otro hombre enfundado en un mono de trabajo. Sostiene una gran escoba con la que barre el suelo con parsimonia.
Al llegar cerca del penitente, se agacha para recoger algo del suelo que se lleva a la boca y, tras morderlo, se guarda en el bolsillo.
Tranquilamente, se marcha sin dejar de barrer.
Las luces van perdiendo intensidad al mismo tiempo que el sonido de la escoba contra el suelo de madera, sumergiendo la sala en la negrura de nuevo.
Se oye un llanto, quedo al principio, que va aumentando de intensidad.
Durante varios minutos, una mujer llora sin consuelo.
Después, un único foco se enciende mostrando su figura acurrucada en la silla. Lleva un camisón como única prenda y abraza su cuerpo encogido mientras se balancea con suavidad, con la mirada perdida en su dolor.
Despacio pero con movimientos decididos, se levanta y se sube a su asiento, sin dejar de gimotear. El foco solitario muestra sus pies descalzos en un pequeño círculo de luz. Entonces, la silla cae al suelo con estrépito y los pequeños pies quedan suspendidos en el aire, balanceándose como un péndulo: de derecha a izquierda, de izquierda a derecha.
Se sacuden durante unos segundos, víctimas de pequeños espasmos, sin dejar de oscilar.
Una nueva isla de luz emerge con fuerza en la parte derecha del escenario. Un hombre vestido con tejanos y americana parlotea por un móvil en tono desenfadado, emitiendo sonidos ininteligibles. A veces se calla, como si escuchase; otras, inunda la sala con sonoras carcajadas.
Mira a su alrededor y, con un movimiento distraído, desaparece en la oscuridad un segundo, volviendo a emerger con la silla de madera que minutos antes ocupaba la mujer, cuyos pies siguen flotando en el aire de derecha a izquierda, de izquierda a derecha. El hombre vuelve a reír con estruendo mientras toma asiento.
Al cabo de unos segundos, guarda el teléfono en el bolsillo de su chaqueta, de la que saca un cigarrillo que empieza a fumar con parsimonia.
Poco a poco, la luz central se va apagando, engullendo los pies de la mujer que no han dejado de balancearse en ningún momento.
El hombre acaba su cigarro, se levanta y se va.
Tras unos segundos, una mujer ocupa su lugar, sentándose con la espalda erguida y la mirada perdida al frente.
Se lleva a la boca el globo que sostiene en la mano y empieza a inflarlo con largos bufidos hasta que estalla ruidosamente, arrancando algún grito sobresaltado entre el público. La mujer sostiene la boquilla sin dejar de soplar.
Al cabo de un rato, la mira extrañada y la deja caer al suelo con aire distraído.
Después, se levanta y se marcha por donde ha venido.
El escenario vuelve a quedar a oscuras.
Un chasquido. Una pequeña llama enciende un cigarrillo que brilla en la oscuridad, aumentado su fulgor por una intensa calada.
Una luz tenue ilumina un rostro conocido.
- No deberíais estar aquí –repite.
La luz anaranjada baña ahora todo su cuerpo. Está sentado en el centro del escenario, en la silla de madera y contempla despreciativo al público.
Dos manos femeninas emergen por detrás para acariciar su torso desnudo. Gira el rostro para recibir unos labios apremiantes. Sin dejar de besarse, la chica se coloca sobre él a horcajadas, contorneando su cuerpo mientras deja que las manos de él la exploren impúdicamente. Sus respiraciones entrecortadas resuenan en el silencio de la sala, al ritmo del roce de sus cuerpos. La mujer echa la cabeza hacia atrás mientras él hunde la cara en sus senos. Un gemido escapa de sus labios cuando se incorpora y el hombre empieza a desvestirla, mostrando su espalda desnuda.
Súbitamente, todas las luces de la sala se encienden iluminando al público que parpadea con fuerza. El fragor de los amantes aumenta de volumen en el escenario que permanece ahora oculto tras la luz intensa de los focos. El público se remueve inquieto, algunas miradas se cruzan fugazmente aunque la mayoría huyen hacia cualquier rincón.
La pareja acompasa sus gemidos que se tornan más urgentes, más intensos, hasta que estallan en una sola voz que retumba en las paredes, llenando el silencio de húmedos gritos antes de ir apagándose con las luces hasta que todo vuelve a quedar sumido en la oscuridad.
Nadie se mueve. Apenas se oye alguna tos contenida.
Todas las luces de la sala se encienden a la vez mostrando un escenario desierto.
Tras unos minutos, la gente empieza a mirarse, sonríen nerviosos, expectantes. Ninguna voz, ninguna señal.
Empiezan a removerse en sus asientos, algunos incluso se levantan mirando a su alrededor, buscando aceptación en los rostros que se vuelven hacia ellos. Alguien aplaude con timidez aunque el silencio que deja se antoja más extraño que el sonido que le ha precedido.
Poco a poco, uno a uno, abandonan sus mesas y se dirigen a la salida con la sensación de huir de un lugar al cual no habían sido invitados.