LXXIX Edición del Concurso de Relatos
Tema: El Teatro
Medalla de oro
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Cantaba Olga Guillot que rara vez las cosas son como parecen.
El primer acto de la farsa en que se convirtió la resolución de aquel caso
comenzó al tiempo que la resaca posterior a la celebración de mi divorcio. El timbre
no cesaba de torturarme y el estridente sonido era acompañado por repetitivos y
arrítmicos golpes en la puerta. Me levanté y recorrí zigzagueando el angosto
pasillo que me separaba de la entrada, pues mi curiosidad sobre la identidad
del autor del escándalo era sólo comparable a mis deseos de silencio.
El muchacho tenía planta de bibliotecario adicto a los juegos de rol; de
esos que de niño se habría llevado más de una colleja en las filas hacia clase.
Chaleco de rombos, camisa rosa y zapatos a la moda (la del año del mundial de
Naranjito). Mientras mis retinas aceptaban la imagen que llegaba hasta ellas,
me serví un reparador café tamaño XXL y escuché su historia, a fin de cuentas
ya estaba despierto y no tenía otra cosa mejor que hacer. Un nombre y una
dirección bastaron para ponerme en marcha; y aquella desagradable sensación en
mi estómago, que poco tenía que ver con el alcohol ingerido la noche anterior.
La desangelada nave donde debía tener lugar mi cita, en un polígono
industrial a las afueras de la ciudad, resultaba un lugar ideal para deshacerse
de alguien, por eso no me sorprendí al observar el contenido de la cámara
frigorífica que hallé en uno de sus rincones. El segundo muerto del caso en
apenas dos horas. En aquel momento no albergaba ninguna esperanza de concluir
con éxito la investigación, pues se encontraba tan fría como podía estarlo mi
confidente. Sólo un golpe de suerte...
El fulano había recibido alguna que otra caricia antes de pasar a mejor
vida: le habían roto los dedos de la mano derecha y su cara estaba más abollada
que el paragolpes de mi coche. Me dirigí hacia a un cuarto de grandes
ventanales y accedí a él sin dificultad pues la cerradura había sido forzada.
El despacho estaba patas arriba y el teléfono, bajo unas carpetas, tirado en el
suelo. Saqué un pañuelo del bolsillo y, con él a modo de guante, descolgué el
auricular para hacer una llamada. A los pocos minutos, dos turismos de color
oscuro aparcaron frente a la pesada puerta metálica que daba acceso a la nave
bloqueando la salida. Me oculté tras una columna y eche mano al interior de mi
chaqueta. Dos tipos emergieron de uno de los vehículos y charlaron
amistosamente con un tercero, más orondo y con pinta de sheriff de película de
serie “B”, que había descendido del otro. Decidí guardar la pipa y salir
a su encuentro.
-¡Hombre, García! Tranquilos, muchachos, es de fiar –dijo el gordito a sus
acompañantes.
El subinspector Aranda, oficial Aranda cuando nos conocimos hace tiempo,
había ganado kilos al mismo ritmo que perdió el cabello. Por aquel entonces ya
le llamábamos Esteban “el abubilla”. El mote se lo puso el comisario. Buen
tipo, el jefe, de los pocos que intentó ayudarme cuando me expulsaron del
cuerpo.
-¿Has llamado tú, supongo?
-Tu sagacidad no ha empeorado con los años –le espeté en tono burlón.
Los oficiales que acompañaban al subinspector rieron indisimuladamente y
“el abubilla” se giró hacia ellos con gesto desafiante. Las risas cesaron.
-Así que era verdad lo que había oído de que seguías en el negocio...
-Algún trabajo sale de vez en cuando.
-Y bien, ¿qué tenemos?
-Un fiambre. Parece que buscaban algo por cómo ha quedado la oficina. El
cadáver está en la cámara frigorífica del rincón. Si queréis echarle un
vistazo...
Uno de los acompañantes del subinspector se dirigió hacia allí.
-¿Has tocado algo?
-No.
Aranda porfió con la mirada.
-¿Qué buscaban?
-¿Qué se yo? –respondí.
-Has dicho que no han encontrado «lo que buscaban». ¿Lo has encontrado tú?
Sonreí mientras se atusaba celosamente el penacho de pelos eréctiles que
sobrevivían en su calva.
-¿Crees que he tenido algo que ver?
-Tal vez... Recuerdo que hace años tenías la mano bastante suelta.
-Sabes que lo de los punkis en la manifestación fue un ligero
“malentendido”. Salí absuelto de aquel juicio.
-Ya, pero la paliza que le diste al chulo de la aquella puta fue diferente.
Recuerda que estaba allí contigo cuando sucedió todo. Siempre te gustó defender
“causas perdidas”...
-Ya. A ti no -le recriminé.
El oficial que husmeaba junto a la cámara frigorífica regresó junto a
nosotros. Salvo por la diferencia de estatura, los dos acompañantes de Aranda
parecían gemelos: el mismo sastre, el mismo rictus serio… Uno de ellos, el más
alto, se dirigió a mí libreta en mano.
-¿Conocías al fiambre o es que sólo pasabas por aquí?
-Le llamaban “El ruso”, aunque era argentino, creo. Tenía un apellido
raro... Warshoski…, o algo así. Alguien me sugirió que podría informarme sobre
ciertos detalles del caso que estoy investigando.
-¿Alguien?
-Mi cliente.
-¿Y qué investigas? -preguntó de nuevo sin levantar la vista de su bloc.
-El asesinato de un tendero –respondí.
Alzo la vista después de un breve silencio.
-Y no crees que el asunto te queda un poco grande. ¿Por qué no lo dejas en
manos de “profesionales”? –replicó el pequeño de “los Dalton”. Sus palabras
provocaron en mi estómago la misma náusea que sentí en mi apartamento.
-Porque la policía ha dejado de buscar a los culpables.
-Explícate, García -solicitó el subinspector Aranda mesándose el tupé.
-Vino a verme un chaval de unos veinte o veintipocos años. Me soltó un
sobre con dinero y me pidió que acudiera a una cita en la que obtendría
información para resolver el asesinato de su padre. Le dije que hablara con la
policía, pero se negó en rotundo. Me dijo que fueron unos maderos
quiénes le habían matado. Habían estado extorsionando a su padre durante años
hasta que, unos meses atrás, tuvo que dejar de pagarles. El negocio no iba bien
y no podía permitírselo, así que se plantó y les hizo frente. Simularon un robo
y le dieron matarile.
-¿Y qué tiene que ver ese asunto con el muerto? –preguntó el canijo.
-El chaval le había visto varias veces en la tienda y en otras colindantes.
Le resultó extraño verle salir siempre sin ninguna compra en la mano.
-Vale. El muerto era el cobrador, ¿y qué más? –volvió a interesarse Aranda.
-Pues que le gustaba gastarse los ahorros jugando al póker; tenía deudas y
el muchacho se ofreció a saldarlas a cambio de cierta información. El chico
traspasó el negocio y me entregó todo el dinero que había obtenido con la
venta. Yo tenía que entregarle la pasta a Warshoski.
El largo cerró su libreta y la guardó en el interior de su chaqueta.
-Veamos lo que tenemos hasta ahora: un sospechoso de asesinato al que han dado
boleto y un ex-policía con pasado justiciero que casualmente ha encontrado
el cadáver. Tal vez a ese detective se le fue la mano a la hora de buscar
respuestas.
-Estadísticamente, el que encuentra el muerto suele ser el culpable en un
elevado número de ocasiones -añadió el canijo.
-Interesante teoría, ¿qué dices a eso, García? -preguntó “el abubilla”.
-“El ruso” no tenía suficiente cerebro para llevar la manija de un negocio
del calado del que estamos hablando. Además, la policía le habría metido en el talego
tarde o temprano si no hubiera tenido protección. Tal vez algún soplo puso en guardia
a sus “jefes”, le hicieron una visita y decidieron eliminarlo antes de que se
fuera de la lengua.
-Me gusta más la teoría del culpable que simula encontrar el cadáver -me
reprobó Aranda.
-Sí, es más probable -le apoyó el canijo.
-Estadísticamente... -convino el largo.
-¿Y qué hay de aquello de que «el culpable siempre vuelve al lugar del
crimen»? -expuse.
Todos rieron al unísono y las carcajadas retumbaron por las paredes de la
nave.
-Sí, ¿por qué no? -añadí-. Si yo fuera un poli corrupto y acabara de
cometer un asesinato habría aguardado a que llegara la policía para unirme a la
investigación. ¿Qué mejor forma para tenerlo todo controlado.
-¿Y por qué no huir simplemente? -sugirió el canijo.
-Tal vez querían colgarle el muerto al primero que pasara por aquí.
-¿Estás sugiriendo que alguno de nosotros se ha cargado al tal Warshoski?
Es una lástima que se te adelantaran y no puedas probarlo. -dijo “el abubilla”.
-Tal vez sí pude hablar con “el ruso”, a pesar de todo. Agonizante, y en venganza
contra sus asesinos, pudo darme la información prometida: los números de sus
placas.
Tras unos instantes de pausa, el canijo recuperó el habla.
-¡Será mejor que pienses con calma lo próximo que salga de tu boca! Estás
haciendo acusaciones muy peligrosas.
-No tenemos nada que ocultar -dijo “el abubilla”-. Por lo que a mí
respecta, acudí al aviso que escuché por radio.
-Igual que nosotros -corroboró el más alto de “los Dalton”.
-Es curioso..., porque yo sólo recuerdo haber marcado el número de teléfono
de un antiguo ex compañero al que hacía mucho tiempo que no veía. Si hubiera
llamado a la central, ¿no deberían haber llegado ya el juez y los de la
científica, Esteban?
“Los Dalton” se miraron entre sí y, como accionados por un resorte, sacaron
sus armas de la funda. Dos disparos atronaron en la desangelada nave y dos
cuerpos sin vida se desplomaron sobre el frío cemento.
Esteban sacó un paquete de tabaco de su americana y encendió un pitillo.
-La próxima vez que me llames espero que sea para invitarme al próximo
aniversario de tu divorcio y no para meterme en uno de tus líos.
-¡Ey! Yo no tengo la culpa de que estuvieras anoche de servicio...
-Me debes una -replicó Esteban haciendo oídos sordos a lo que yo había
dicho-. Por cierto, ¿cómo supiste a quién disparar?
-Supuse que te resultaría más sencillo cargarte al de tu derecha.
-Claro, porque soy zurdo…
-No. Recordé lo mal tirador que eras... y el alto tenía más cuerpo donde
acertar -ambos reímos con ganas.